Después de tanto tiempo sin mirarse al espejo, el reflejo de sus palabras le sumió en una extraña melancolía. El reencuentro con ella misma, con lo que dejó por el camino, con quien siempre siguió siendo.

La mudanza sacó a la luz diarios, carpetas, cuadernos... dejó al descubierto, casi en carne viva, su más pura intimidad. Y no hizo falta releer más que un par de hojas escritas a mano, como casi todo, corregidas, fechadas, tachadas, para conseguir la emoción del reencuentro.

Cuánto se queda por el camino, cuánto se come la rutina, cómo se alarga la sombra de lo racional, y deja apenas iluminada la belleza de lo personal, de lo que nos hace únicos, de nuestros pensamientos, de lo que nos hace sentir que estamos siendo protagonistas de nuestra propia vida.

Por suerte, un día abres la ventana y un soplo de brisa se lo lleva todo, los descoloca, los vuela, nos vuelca, y como pequeños destellos vuelven a brillar las emociones que humedecen los ojos, aunque los demás no comprendan por qué hoy brillamos iluminando a quienes nos miran...