Madrid se viste de puta por las noches, con tacones y perfume, maquillada y sinuosa, y la gente la admira, la disfruta y se marchan a su casa olvidando lo que les ha entregado.
Al amanecer, se vislumbra una nueva cara depués de la batalla, renacen los colores, despuntan los sonidos del día y los últimos noctámbulos pasean entre los primeros de la mañana.
El alcohol y el café pasean de la mano por las calles recién regadas, y las calles me invitan a perderme en sus laberintos antes de dormir para volver mañana, cuando tengan otra cara, otros cuerpos y otras gentes caminándolas...